14 de diciembre de 2010

El amor de mi vida

Sonará extraño que, en estos tiempos y siendo una mujer que siempre fue atractiva, diga estas cosas, pero en toda mi vida tuve sólo una pareja sexual. Hombres y mujeres fueron y vinieron, pero ella siempre ha estado ahí, y sólo me he entregado a ella. Y me seguirá hasta la muerte. Lo digo de forma completamente literal: sé que hará el más grande de los sacrificios y bajará al frío sepulcro conmigo. Casi lo hizo ya una vez, cuando tuvimos aquel terrible accidente en el que perdí la mano izquierda. Ella siguió conmigo, pegada a mí, consintiéndome, cuidándome, haciendo todo por las dos. Y, por si fuera poco, mi mano derecha jamás me ha sido infiel.

17 de septiembre de 2010

Egoístamente para mí


No. En general, la gente no entiende por qué escribo; a veces ni las personas más cercanas a mí.
Escucho con mucha frecuencia el sufrimiento de los que escriben. Son tan comunes las metáforas de la escritura desgarrada, como dar a luz a un poema; de la escritura sufrida y abnegada, como la madre que cuida a sus hijos ingratos que terminan por abandonarla; de la escritura frenética que exorciza los demonios internos. Las quejas porque hay que redactar un paper o un texto de divulgación, la tesis, una circular. Por la fecha límite, porque si no hay presión no escriben, por cómo redactar las cosas…
A mí no me sucede nada de eso. Tampoco sufro la urgencia de escribir porque tengo algo que decir, porque necesito expresarme (y llegar así a una catarsis liberadora), porque necesito publicar. No: Publish or perish no es mi caso, aunque a veces mi padre se desespere e insista: “Ya publica, Miguel. Publica.”
Pero, con toda sinceridad, no me hace falta, no me desvela la persecución de la fama, de dar al mundo otra obra maestra, ganar reconocimiento por mi pluma (aunque, lo reconozco, así como están las cosas, ganar algo de dinero por escribir no me viene nada mal).
No. Nada de eso: yo escribo sin importar de qué, sin importar para qué, sin importar para quién: como dice Juan Ramón Jiménez en el “Prologuillo” de Platero y yo: “escrito para... ¡qué sé yo para quien! ...para quien escribimos los poetas líricos”. Yo escribo simplemente porque lo disfruto como pocas cosas en el mundo.
Gozo tanto escribiendo que difícilmente podría considerar a la escritura un trabajo, palabra que, desde su origen, implica sufrimiento, tortura. Ni siquiera como el “trabajo gustoso” de Juan ramón Jiménez. Parafraseando a Manuel Machado, escribo porque quiero, no por interés ninguno, “y el gusto siempre es el gusto”.

12 de enero de 2010

A la brevedad posible


¡Pobre de nuestra juventud, que lee cada vez menos! O, al menos, eso parece y se repite constantemente. Pero yo no estoy seguro de ello, como he abordado en otros espacios; yo creo que estamos midiendo mal: no se lee lo que las élites ilustradas consideran que se debería leer. Por otro lado, cada tipo de medio requiere tipos y estrategias de lectura distintas, por lo que se lee diferente.
No se lee menos, en mi opinión, sino que se lee más breve. Estamos inmersos en una dinámica social en que las cosas suceden a gran velocidad, en que hay poco tiempo para detenerse a lo que sea, no digamos ya a leer. Vivimos, como señaló Juan Sebastián Gatti en el XIX Encuentro Nacional de la Red de Educación Alternativa, sumidos en el vértigo.
Este vértigo social determina, hasta cierto punto, qué y cómo se lee. En primer lugar, en el acelere idustrial en que vivimos, implica respuestas inmediatas. Desde, cuando menos, la Revolución Industrial, nuestros medios de comunicación se han hecho más veloces e interactivos, desde los libros impresos y el correo a lomos de burro hasta Twitter y el correo electrónico.
Así, en cierta forma determinada por la sociedad acelerada y los medios de comunicación interactivos e inmediatos, ha surgido lo que Don Tapscott (@dtapscott en Twitter) llama la Generación Net: organizada en redes sociales, más interactiva y, por ende, en espera de respuestas cada vez más inmediatas.
Esta inmediatez, derivada de los medios interactivos y el vértigo social, se asocia fuertemente con cierto tipo de lecturas: enunciaciones breves, fáciles de manejar y entender. Esto se puede percibir en su máxima expresión, hasta ahora, con los titulares de los periódicos (que no suelen superar la docena de palabras y acostumbran escribirse sin artículos), los mensajes de celular (o SMS) y las actualizaciones en Twitter (estrictamente 140 caracteres o menos).
Pero antes de culpar a las nuevas generaciones, a los medios electrónicos o al vulgo, hagamos un alto. No nos dejemos llevar por el vértigo a la hora de emitir juicios.
El acortamiento de los discursos no es un fenómeno nuevo. Ha ido sucediendo a lo largo de siglos, al menos en nuestra cultura occidental. Las unidades de lectura (a las que George Landow llama lexías, apartándose del sentido usual del término pero manteniendo su esencia como unidades de sentido) se han acortado desde los rollos de los antiguos griegos: se añadió puntuación, que genera unidades de lectura más cortas y sencillas de manejar; se separó los textos en capítulos, subcapítulos, párrafos; se cortaron las unidades mecánicas de rollo corrido en hojas más breves. Y así surgieron los libros.
Y se inventaron también los índices, el ordenamiento alfabético, los encabezados y títulos de capítulos. Las revistas y periódicos, más cortos que los libros. El género epistolar también se fue abreviando, más aún con la llegada de los sucintos telegramas.
Pero este recorte no está asociado sólo a la tecnología, el mercantilismo ni las razones académicas para facilitar el estudio de los materiales. La gran literatura (esa que las élites utilizan para medir la lectura, cuantificando el número de libros comprados o leídos, o las ventas de las revistas culturales) ha participado también de esta tendencia y ha sucumbido al vértigo.
Los libros tienden a ser más breves, con notables excepciones; esto no podemos atribuirlo exclusivamente a razones comerciales: entre los best-sellers se publican también novelas de gran calado, como los de Dan Brown o los de la exitosa serie Crepúsculo, de Stephenie Meyer.
Y ya que estamos, en el rubro de la narrativa esta tendencia ya histórica a la brevedad es notable. Las novelas se hicieron más cortas, y se inventó la categoría taxonómica de “novela corta”, categoría cada vez más en desuso pues las novelas en general cada vez son más breves, al grado que hace poco escuché a un librero catalogar “Los asesinatos de la calle Morgue” de Poe como “novela”. ¿La única razón?: es demasiado largo para ser un cuento.
Los cuentos también se han ido haciendo más breves, hasta llegar al minicuento y al microrrelato que, según algunos autores, no pertenece ya al dominio del cuento, sino a otra categoría. De acuerdo con Guillermo Siles, la categoría del microrrelato tiene sus raíces en el siglo XIX y alcanza, al menos en Hispanoamérica, su legitimación en la segunda mitad del siglo XX (y su canonización en la década de 1990). Y no se trata de un género cultivado por una comunidad contracultural marginal, sino por escritores consagrados, como Jorge Luis Borges, Augusto Monterroso, Julio Cortázar, Juan José Arreola o Eduardo Galeano.
El fenómeno de la jibarización de las unidades de lectura en las obras literarias no es exclusiva de la narrativa. Se puede observar en la poesía, donde los libros tienden a ser cada vez más cortos y formados por poemas en general más breves; podemos señalar ejemplos específicos de poesía breve en el auge del haikú (explorado magistralmente en Latinoamérica por Tablada, Benedetti y, más recientemente, por mi entrañable Dimas Lidio Pitty), en las greguerías de Gómez de la Serna, en los poemínimos de Efraín Huerta. O en los Epigramas sin épica de mi buen Jesús Gómez Morán. Los “Proverbios y cantares” de Antonio Machado apuntaban, también, ya en esa dirección.
El ensayo, de igual manera, es cada vez más breve, y los aforismos se tornan un género más frecuente. Las notas periodísticas tienden a reducir su número de palabras, y sus párrafos no suelen superar los cinco renglones. La divulgación científica (y cultural en general) recurre cada vez con mayor frecuente a mensajes más breves; así el libro Twitterature. Obras maestras en veinte tweets o menos, o la idea de mi amigo Martín Bonfil (@martinbonfil65 en Twitter) de hacer algo semejante como experimento de divulgación científica.
Y cada vez usamos más abreviaturas, siglas y acrónimos en toda clase de enunciaciones, no sólo en los SMS o los twitts; los textos técnicos están plagados de abreviaturas, igual que los diccionarios generales, los artículos periodísticos, los blogs, los libros de texto, los anuncios, los cómics; las abreviaturas se cuelan, a veces, hasta la poesía.
Siles, en su libro El Microrrelato Hispanoamericano. La Formación de un Género en el Siglo XX, señala que el género del microrrelato está asociado a “una forma diferente de expresión vinculada con lo breve y lo fragmentario”. Esta frase es válida no sólo para la narrativa mínima, ni para la literatura: explica todo el proceso que han sufrido las unidades de lectura a lo largo de nuestra historia, con su tendencia a la jibarización.
Pero atención: esta jibarización no es sinónimo de la simple reducción. Implica unidades de lectura con información cada vez más concentrada, con menos adornos, con una redacción más directa y simple. Implica la creación de textos cada vez más eficientes. E implica igualmente otra forma de lectura: más inmediata, omitiendo lo superficial, buscando lo esencial; más eficiente también; centrada en las dimensiones puramente comunicativas y dejando de lado las expresivas y poéticas. Y esto, al parecer, no han sabido notarlo (antes de juzgar llevados por el modernísimo e industrial vértigo) quienes se quejan amargamente de que nuestra juventud lee cada vez menos.

[Imagen tomada de http://adolfoplasencia.es/blog/wp-content/uploads/cultura-en-pildorasp.jpg ]

13 de diciembre de 2009

Ruta de estrellas de la CIDH a Juárez

La brisa va murmurando

Que tu dolor será calmado

En esta noche tan clara

[…]

Madre de Juárez, madre de Mayo

Y así así

En esa paz reencontrada

Podrás seguir la luz de tu lucero

En la bondad de esta noche tan clara

Marina Rossell, "Ruta de estrellas"

El pasado viernes el periódico traía una buena noticia; es decir, una buena noticia dentro de lo que cabe: “Condena la CIDH a México por el asesinato de 3 mujeres”, era el titular de La Jornada. Se trata, como indica la nota de Emir Olivares, de tres mujeres asesinadas en Ciudad Juárez en 2001, cuyos derechos violó el Estado mexicano, con las omisiones cometidas (la impunidad de los culpables, diría yo).

Esta condena, además, lleva una serie de implicaciones jurídicas y órdenes y obligaciones para nuestro Gobierno. Me parece muy bien. Ojalá se cumplan, aunque lo dudo.

Por lo pronto, es un paso más para “que todo lo bueno se vuelva plateado”, como dice la habanera (o havanera, en catalán) compuesta por Marina Rossell en honor de las madres de las víctimas de feminicidios en Ciudad Juárez; yo no creo, empero, que esta resolución ayude a las madres de Juárez a calmar el dolor, pero sí que ayuda a sostener la dignidad de estas personas, como parte de un acto de desagravio, igual que la canción de la catalana Rossell, cuyo video (acompañada por mi muy admirado Paco Ibáñez) aquí les dejo.


¡Ya era hora!
Si no puedes ver el video, haz clic aquí para verlo en el sitio oficial de Marina Rossell (requiere QuickTime), o aquí, para verlo en Youtube.

19 de abril de 2008

Goran Bregovic y las csárdás


En estos días se presenta en México uno de los grandes músicos actuales: el intérprete y compositor bosnio (nacido en Sarajevo en 1950) Goran Brégovich (el nombre original, en caracteres cirílicos, es Горан Бреговић, que en español se pronuncia algo así como Brégovich, pero que debido a la influencia del monopolio gringo sobre casi todo lo que llega a los medios masivos de comunicación, se suele encontrar latinizado como Bregovic).

Se presentó esta noche (20:30) en el Teatro de la Ciudad (Donceles 36, en el centro de la Ciudad de México), en el marco del Festival de México en el Centro Histórico. El 23 de abril (19:30) en el Teatro Diana (16 de septiembre #710, en el centro de Guadalajara). El 25 de abril (20:00) en la Plaza de la Danza, en Oaxaca.

Si no pudiste llegar hoy a verlo en el Teatro de la Ciudad, no te preocupes: se volverá a presentar el 27 de abril (a las 18:00) en el Zócalo de la Cd. de México. Entrada gratuita. Nuevamente, en el Festival del Centro Histórico.

Los que tengan oportunidad de ir a escucharlo, vayan: vale la pena. Les recomiendo sobre todo sus “To Nie Ptak” y “Czardasz”.

"Czardasz" (que se pronuncia algo así como "chárdash" y en el húngaro original se escribe csárdás) es una danza tradicional húngara (que después se ha extendido a los países vecinos: la ex-Yugoslavia, Bulgaria, Polonia, Austria, Eslovaquia, Ucrania).

El nombre viene del húngaro csárda, que significa algo así como "hostería", "hostal" o "albergue", pues, efectivamente, era en esta clase de lugares (las hosterías, que antaño rentaban sitio para dormir, pero también expendían alimentos y bebidas) donde se acostumbraba bailar. Al parecer, las csárdás se originaron en el siglo XVIII a partir de otro baile: los verbunkos, la daza de los reclutadores, pues se interpretaba durante el reclutamiento (el gran compositor húngaro Béla Bartók --1881-1945--, por cierto, abre su obra "Contrastes" con un verbunkos).

Las csárdás se bailan en pareja, con movimientos laterales a derecha e izquierda, de manera acoplada especular (como espejo) realizando un pequeño círculo. Hay momentos de separación y momentos en que la mujer gira a gran velocidad. Esta danza es muy vistosa con el vestido rojo típico de falda amplia.

Usualmente las csárdás se componen en metro binario (2/4), aunque a veces se componen también en 4/4. Además, los compases se encuentran marcadamente sincopados (es decir, prolongando el sonido de la nota más débil a la más fuerte). Las csárdás abren con una introducción lenta y patética, llamada lassú, y terminan con un friss (que significa fresco) acelerado, desenfrenado diríamos. Por supuesto, hay variaciones sobre estos tiempos.

Las csárdás no sólo forman parte de la cultura popular. Estas danzas han sido adoptadas por grandes compositores, como Johannes Brahms (1833-1897), cuya "Danza húngara" es una csárdás; Piotr Ilích Tchaikovski (1840-1893) recurre también, en "El lago de los cisnes" (1877), a una csárdás: es la danza húngara del Anexo I del Acto III); Johann Strauss hijo (1825-1899), en “Il Pipistrello” (una opereta), o (probablemente la csárdás más reconocida de todas) Vittorio Monti (1868-1922), cuya única obra famosa es, precisamente, su csárdás.

Franz Liszt (1811-1886), otro compositor húngaro (cuyo nombre original es Liszt Ferenc), también escribió csárdás: "La Notte", obra que era una extensión de "Il Penseroso", era una pieza que Liszt reservó para su propio funeral, para recordar a su patria natal.

La csárdás de Goran Brégovich, para que se den una idea, la pueden escuchar en http://www.imeem.com/iskierka/music/hFc85tT2/goran_bregovic_czardasz/

Para los amantes del humor y la sátira, “El vampiro rumano” de Virulo, Alejandro García Villalón (La Habana, Cuba, 1955) es una csárdás. Lo pueden escuchar en YouTube: http://www.youtube.com/watch?v=f1FoLZWDmIQ

Y, para más curiosidad, aquí tienen la liga a la entrada de la Wikipedia sobre las csárdás. Por supuesto, está en húngaro… De allí, por cierto, está tomada la imagen que adorna esta entrada.

28 de diciembre de 2007

Más circo y menos sol

Hace algunos ayeres, cuando fui a ver “Alegría” dije que al Cirque du soleil le faltaba circo y le sobraba sol. Es decir, que era un excelente espectáculo, brillante, pero de “incendio de teatro”, como dijera Machado; mucha coreografía, mucha representación, es decir, mucha luz, mucho sol, pero poco del realismo que debería tener el circo, para ser merecedor de ese nombre.

Y sigo con la misma idea ahora que fui a ver “Quidam”. Los actos, a pesar de todo, en mi opinión, eran más circenses, si se me permite la expresión. Quiero decir, que había un mayor componente de actos que uno vería en un buen circo, actos de auténtica habilidad física que implican riesgos reales (sólo en un acto noté que hubiera equipo de seguridad: un arnés). Sin embargo, “Alegría” me pareció más espectacular, más deslumbrante: todavía más sol y menos circo.

Quidam”, empero, me gustó más que “Alegría”. Tal vez porque es menos coreográfico y más narrativo. Me explico: la estructura narrativa de “Quidam” es más explícita, más evidente. Quidam (palabra francesa de origen) es una figura anónima, un fulano cualquiera perdido entre la gente. Un don nadie, vaya. Alguien sin rostro, de manera totalmente literal en este caso: no tiene ni siquiera cabeza.

La historia, por supuesto, no se centra en Quidam, sino en una niña, Zoe, cuyos padres están separados; se puede observar cómo corre de uno a otro sin encontrar el afecto familiar que busca. Desesperada en su soledad, encuentra a Quidam, quien deja (¿olvidado?) su sombrero al alcance de la niña, que se lo pone. Entonces comienza la magia: los padres vuelan por los aires y desaparecen y ella se encuentra inmersa en un mundo de seres maravillosos (como algún fugaz conejo, que recuerda de cierta forma al de Alicia). En este mundo fantástico, los padres terminan por re-encontrarse y sobreviene el final feliz, con la familia reunida; Zoe devuelve el sombrero a Quidam.

Algo, además, que llamó mi atención fue el inmenso despliegue tecnológico que soporta al espectáculo completo. El factor tecnológico, creo yo, debería ser considerado como parte misma de “Quidam”, pues los recursos tecnológicos no sólo hacen posible el espectáculo (digamos los equipos de iluminación y sonido). Estos recursos ni siquiera están disfrazados la mayor parte del tiempo, sino que son evidentes, están integrados en el diseño del escenario y de las acciones.

En fin, en mi opinión, bien valió el precio del boleto para ver de nuevo al Cirque du soleil.

19 de noviembre de 2007

Aniversario de Capablanca


El día de hoy tiene especial significado para nosotros, los aficionados al ajedrez; precisamente el 19 de noviembre, pero de 1888, nació quien probablemente fuera el más grande genio (al menos desde que se tienen registros confiables) del “deporte ciencia”: José Raúl Capablanca y Graupera (1888-1942).

En 1921 el alemán Emmanuel Lasker (1868-1941) era campeón del mundo: llevaba 27 años ostentando esa distinción; nadie, antes ni después, ha sido oficialmente campeón mundial de ajedrez tanto tiempo como él. Lasker se dio cuenta del fabuloso ascenso del joven ajedrecista habanero, que en ese momento de su carrera era casi imposible de vencer: hacía cosa de cinco años que no perdía un solo partido oficial. Siendo, como era, un asombroso estratega (y amigo de Albert Einstein), Lasker, renunció a su título a favor de una joven promesa que era ya una realidad: el cubano Capablanca. De esta surte, el alemán no perdería el título.

A Capablanca, sin embargo, no le pareció bien obtener el campeonato mundial por, digamos, abdicación del anterior monarca, así que se realizó, de todas formas, el match entre, probablemente, las dos más grandes mentes del ajedrez en el mundo moderno. Lasker no logró ganar ni una sola partida, lo más que logró fue obtener tablas (es decir, empatar) 10 de ellas; Capablanca se coronó vencedor con 4 victorias. El puntaje final fue 9 a 5. La crónica en inglés de este acontecimiento y algunas de las partidas del match se pueden consultar en “Lasker vs Capablanca 1921”, en ChessGames.com.

José Raúl Capablanca fue hijo de un oficial del ejército español destacado en Cuba, que aún no era independiente; esto les permitía vivir de manera holgada, pero sin demasiados lujos. Su padre, don José María Capablanca, aunque aficionado al ajedrez, era un jugador bastante pobre, que jamás enseñó a su hijo a jugar.

Según parece, José Raúl aprendió por sí mismo al observar a su padre jugar con sus amigos. Un día, incluso, don José María movió un caballo de un escaque blanco a otro del mismo color (lo que no es posible, de acurdo con las reglas de este apasionante juego), cosa que su hijo le señaló, para gran sorpresa de todos, pues nadie sabía que Pepito (perdón por la licencia) había aprendido a mover las piezas. En seguida derrotó a su padre en lo que fue la primera partida del llamado “Mozart del ajedrez”: el gran Capablanca tenía apenas 4 años. Algo después, en 1901, cuando contaba sólo 12 años, derrotó al campeón nacional de Cuba, Juan Corzo: 4 victorias, 3 derrotas y 6 tablas.

La familia Capablanca no contaba con los recursos económicos para, como deseaban, enviar a su hijo a estudiar al extranjero; gracias a sus buenos resultados académicos, sin embargo, Ramón San Pelayo financió sus estudios en Estados Unidos. Sin embargo, José Raúl no estaba interesado en el futuro de ingeniero químico que tenía por delante: el gusanillo del ajedrez había anidado en él y jalaba su atención permanentemente, hasta que abandonó los estudios.

Comenzó a frecuentar el Club de Ajedrez de Manhattan, en 1905. Fue allí donde, el 6 de abril de 1906, ganó un torneo relámpago al vencer por primera vez al gran Lasker (que, si hacemos cuentas, llevaba ya más de una década como campeón mundial indiscutido). De esta manera se dio a conocer en el mundo ajedrecístico el nombre de Capablanca, con gran sorpresa de todos. Lasker felicitó a Capablanca diciendo algo así como: "Es notable joven: usted no ha cometido ningún error".

En 1909 derrotó al gran maestro estadounidense Frank Marshall (1877-1944), quien sólo dos años atrás había intentado arrebatarle, sin éxito, el campeonato mundial a Lasker. Marshall apoyó desde ese momento a Capablanca y consiguió que fuera invitado al torneo de San Sebastián en 1911. A pesar de la oposición de grandes jugadores, entre ellos Ossip Bernstein (1882-1962) y Aaron Nimzowitsch (1886-1935), Capablanca jugó aunque jamás había ganado alguno de los grandes torneos.

Capablanca venció a sus dos grandes detractores. A Bernstein lo derrotó en una partida memorable, que fue galardonada con el premio a la brillantez; a Nimzowitsch lo venció en la final proclamándose así campeón.

Con Nimzowitsch el enfrentamiento fue aún más allá: durante un enfrentamiento, Capablanca realizó un comentario que molestó al campeón danés (Nimzowitsch era de nacionalidad danesa a pesar de haber nacido en Riga, Letonia; curiosamente, nació en noviembre, al igual que Capablanca, aunque dos años y 12 días antes). Nimzowitsch, indignado dio una respuesta que, traducida, sería algo así: “Los jugadores sin trayectoria deberían mantener la boca cerrada en presencia de sus superiores”. Esto, por supuesto, no detuvo a Capablanca quien respondió retando a Nimzowitsch a un match de juegos rápidos, en los que el cubano obtuvo fácilmente la victoria.

Debemos aclarar que Capablanca es famoso por su juego rápido e intuitivo, en el que no tenía rival. En cambio, en los juegos largos, se desesperaba y cometía errores. Los finales complicados después de una partida larga eran verdaderos martirios para este genial jugador.

Sin embargo, la peor de las relaciones ajedrecísticas no fue con Nizowitsch, quien terminó por reconocer a Capablanca y su indudable talento. Fue con el ruso (nacionalizado francés) Alexander Alexandrovich Alekhine (1892-1946), curiosamente también nacido en noviembre. Fue este jugador quien, en un controvertido match (Capablanca estaba enfermo y ofreció declarar empatado el encuentro), despojó al cubano de su título de campeón mundial, en Buenos Aires, en 1927.

A pesar de todos los pronósticos, que daban a Capablanca indudable y pronto vencedor, fue uno de los encuentros de campeonato mundial más largos de la historia (con un total de 34 partidas), sólo superado por el histórico enfrentamiento (que se extendió fuera del tablero e incluso del mundo del ajedrez) entre los soviéticos Anatoli Evguenevich Karpov y Garry Kimovich Kasparov, en 1985.

Es necesario apuntar que, para tener acceso al match por el campeonato mundial, el retador tenía que proveer una fuerte suma de dinero que Alekhine no aportó: lo hizo un grupo de empresarios argentinos. Además, existía otra condición: una revancha forzosa, que Alekhine, traidoramente, se negó a jugar; muchos años después, el ruso expresó “Ni siquiera ahora entiendo, después de tantos años, cómo pude ganarle a Capablanca en el match de 1927”, yo creo que sí lo sabía: la mala salud de Capablanca (y su incidencia en el desarrollo de las partidas) era evidente para todos.

En 1935 el doctor Alekhine (así era conocido, pero no se ha encontrado evidencia alguna de que, en efecto, hubiera obtenido su presunto doctorado en la Sorbona) perdió el título ante Max Euwe (1901-1981), ajedrecista neerlandés que, a diferencia de la vergonzosa conducta de su rival ante Capablanca, sí aceptó jugar el match de revancha, en 1937. Gracias a ello Alekhine logró recuperar su título, pero, cobardemente, jamás volvió a enfrentarse con Capablanca por el campeonato mundial. Una coincidencia más: Euwe murió en noviembre.

El 7 de marzo de 1942 Capablanca se encontraba jugando en el Club de Ajedrez de Manhattan, haciendo, como era su costumbre, bromas sobre las jugadas y divirtiéndose con lo que, para él, seguía siendo un juego (y no una profesión o un trabajo, como para los demás grandes ajedrecistas de su tiempo). En cierto momento se puso de pie y solicitó que le ayudaran a quitar el abrigo.

Los asistentes que se acercaron a ayudarle tuvieron la desagradable sorpresa de recibir en sus brazos al propio Capablanca, que fue enviado, de inmediato, al Hospital Monte Sinaí, al que llegó en coma. Nada se pudo hacer, y el más grande genio del ajedrez murió a las 5:30 de la madrugada, en el mismo hospital donde, el año anterior, había muerto el estratega más grande: Emmanuel Lasker.

Toda la comunidad ajedrecística demostró su consternación. Incluso el propio Alekhine expresó: “Capablanca le fue arrebatado antes de tiempo al mundo del ajedrez. Con su muerte, hemos perdido a un gran genio ajedrecístico, uno de cuyo calibre no volveremos a ver jamás”.

Coincido con Alekhine en que ese 8 de marzo se perdió el mayor genio del ajedrez, pues, según el propio Alekhine, Capablanca era el más grande jugador de ajedrez de todo los tiempos. Tal vez, creo yo, haya habido otros ajedrecistas más grandes que él, pero ninguno fue, como José Raúl Capablanca, tan grande jugador de ajedrez.

[La imagen que acompaña a esta entrada corresponde a una partida entre Capablanca (a la izquierda) y Lasker, en 1925, tomada de Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Ra%C3%BAl_Capablanca#Campe.C3.B3n_Mundial]